lunes, 31 de diciembre de 2012

Baila, baila, baila


Voy a ir al grano: las primeras cincuenta páginas han sido como un dolor de muelas. Murakami suele ser bastante reiterativo, pero en esta novela se ha superado; haceros a la idea de que vais a leer lo mismo varias veces. A eso añadidle —desconozco hasta qué punto es culpable el traductor— el abuso desmedido de algunos verbos. Aunque la interesante trama atenúa un poco las carencias, fallan las elipsis: excesivas acciones cotidianas descritas minuciosamente. Me ha costado, mientras lo leía con asombro, reconocer al autor de Tokio blues y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Sin embargo, es él. No hay duda. La prosa es tan adictiva como siempre, y he vuelto a encontrarme con uno de sus tópicos preferidos: «Oscuro como boca de lobo».

Lo bueno de Murakami es que se atreve a traspasar la realidad y adentrarse en un universo onírico. En Baila, baila, baila recurre a uno de sus personajes más fascinantes: el misterioso hombre carnero, cuya aparición deja claro que cualquier cosa puede suceder. El protagonista, un redactor freelance que escribe artículos de toda índole, vuelve a uno de los lugares que visitó hace años: el viejo y pequeño Hotel Delfín. Allí descubre que lo han derribado para construir otro en su lugar. Conserva el nombre del anterior, pero ahora es suntuoso, un enorme edificio de veintiséis plantas. Sorprendido, empieza a indagar el motivo de que el hotel original desapareciese, y así capta la atención de una joven recepcionista que tuvo, mientras trabajaba, una experiencia fuera de lo común...

Como podéis ver, el argumento no es malo; engancha por sí solo. Por desgracia la novela está plagada de párrafos y párrafos que cuentan la monótona existencia del protagonista: ora cocino, ora voy al cine, ora voy otra vez al cine... Lo peculiar es que la prosa atrapa incluso en esas condiciones. No importa qué haga el tipo al que estamos siguiendo, porque tarde o temprano llegará una gran escena que compensará tanta paja. Es posible que en Japón estén acostumbrados a ese ritmo narrativo. Tal vez lo que para mí es paja, para ellos sea un tremendo entretenimiento, no lo sé. Yo metería tijera en un montón de oraciones que considero superfluas. Opino que podría haberse contado lo mismo en la mitad de páginas, que no son pocas, por cierto.

—Entonces, tu padre es el escritor Hiraku Makimura, ¿no?
—Sí. No es mala persona. Pero no tiene talento.

Baila, baila, baila se salva gracias a que se nota la impronta del autor, su carácter: personajes melómanos, momentos kafkianos, sexo, filosofía tras los diálogos significativos. El final es uno de sus puntos fuertes, porque la tensión no flaquea hasta el último segundo; deja al lector en vilo, preguntándose si sucederá lo predecible o no. Lástima que el nivel sea un poco más bajo de lo habitual en Murakami. Pienso que esta «nueva» obra —se publicó en 1988, después de Tokio blues— que acaba de aparecer en la editorial Tusquets, quizá defraude a los más exigentes. Desaconsejo su lectura si no se han leído antes otros títulos del autor. Mentiría si dijese que me decepcionó, pues me ha gustado, pero debo ser fiel a la señora Objetividad. 

A mediados de este mes —más vale tarde que nunca— recibí esta novela gratuitamente gracias a una iniciativa de PriceMinister. Se trata de escoger los mejores libros del 2012. Yo, evidentemente, creo que éste no debería ser elegido... y seguro que tampoco los otros que han propuesto. Publicidad, ya se sabe. 


jueves, 20 de diciembre de 2012

La pista de hielo

En Anagrama se publicaron
incluso sus novelas póstumas
Las novelas de Bolaño tienen fama de ser difíciles, pero en realidad sólo necesitan encontrar al lector adecuado. Su obra más conocida, Los detectives salvajes, cuya lectura es para algunos como escalar el Everest, no es tan temible si antes se conoce al autor y su manera de escribir, algo que puede lograrse abriendo un ejemplar de La pista de hielo. 

Tres personajes narran la historia en primera persona: un mexicano que trabaja de vigilante nocturno —oficio que «casualmente» desempeñó Bolaño—; un chileno que se busca la vida como puede y un político catalán. Estas tres líneas argumentales son fáciles de seguir. La novela, corta y sencilla, sirve para aclimatarse a lo que vendrá luego, a ese estilo transgresor de párrafos interminables, largas oraciones, pujanza incesante.

Cubierta foránea
En un libro existe la posibilidad de que la trama sea fagocitada por el estilo: sucede cuando se le da más importancia a cómo se cuenta que lo que se cuenta; no sé si me explico. Pasa lo mismo con esas películas donde los efectos especiales nublan todo lo demás. ¿Giros inesperados?, ¿personajes con personalidad? No digas tonterías; mira qué prosa, es sublime. A veces, recalco, a veces, estoy de acuerdo con la definición que da Reverte de la palabra «estilo»: «Burladero de vacíos charlatanes». Pero Bolaño es más que un cúmulo de palabras bonitas. Su manera de narrar no ensombrece el mensaje. Hay vida dentro de sus páginas, los personajes tienen voz, las escenas, gravedad. La pista de hielo ofrece un pequeño y áspero universo donde sobrevivir a lo cotidiano es la prueba con mayor dureza.

Si nunca habéis leído antes a Bolaño,
es una buena idea empezar por aquí
Una pista de hielo se ha construido ilegalmente dentro del antiguo y abandonado Palacio Benvingut. El motivo es una hermosa patinadora que necesita un lugar para entrenarse y ha tenido la suerte de encandilar al político catalán, que es desdichado pero farsante. Tenemos, por lo tanto, un escenario sombrío que servirá de base. En él se desarrolla el conciliábulo, el ritual que, sabemos, tiene pocas posibilidades de salir bien: el político, avergonzado de sí mismo, contempla el fruto de su mal uso del dinero público, admira la danza del hielo, la belleza inalcanzable que se despliega ante él, se conforma con la visión mientras teme al futuro; la patinadora, satisfecha de tener una pista para ella sola, entrena todos los días, aprovechándose de ese tipo craso que se queda sentado cerca como si fuese su entrenador.

«Tenían fe en el futuro: España camina hacia la gloria, solían decir».

sábado, 8 de diciembre de 2012

Dwarf Fortress


Es complicado encontrar un buen juego de gestión, pero existen, creedme, y uno de ellos es Dwarf Fortress. Básicamente consiste en construir una fortaleza enana y defenderla de los continuos asedios que se irán produciendo según pasan los años. Parece fácil, ¿verdad? Pues no os confiéis, porque es uno de los proyectos lúdicos más ambiciosos que he visto. El creador, Tarn Adams, lleva diez años desarrollándolo, nada menos. Y aún añade actualizaciones de vez en cuando. Pensad detenidamente en el nivel de detalle que tendrá... ¿ya?, ahora multiplicadlo por cien. Si queréis adentraros en Dwarf Fortress, necesitaréis días —no es broma, días— sólo para aprender las bases. 

Ahora vamos con la parte que menos me gusta: los gráficos. Lo primero que se suele decir al verlos es ¡what the fuck...!

Que sí, que te creo, eso es una invasión goblin, está claro...

¡Que no cunda el pánico! Hay varios modificadores que los mejoran una barbaridad. Un ejemplo: 


¡Santos retrúecanos!, esto ya es otra cosa

Vale, siguen siendo bastante simplones. Quizá creas que Dwarf Fortress puede funcionar sin problemas en cualquier PC; cuidado, es muy engañoso. Algunos procesadores de doble núcleo sufren cuando la población enanil llega a noventa —el máximo por defecto es doscientos, pero pueden ser los que tú quieras—. El mío, un Pentium IV con 4 GB de RAM, se ralentiza un poco al llegar a sesenta. Todo esto se debe, supongo, a que el juego maneja mucha información. La buena noticia es que no hace falta tener una barbaridad de enanos para jugar. ¿Sigues interesado después de ver los gráficos? ¿Quieres diseñar tu propia fortaleza enana con puentes retráctiles y fosos donde los goblins sean arrojados al magma? Entonces continuemos.

Debes tener en cuenta que el lema aquí es Losing is fun. A menos que seas un jugador experimentado... vas a perder. Tu fortaleza, la misma que tantas horas te ha llevado construir, se va a escacharrar de una forma u otra, acéptalo. Hay una enorme cantidad de maneras diferentes de que eso ocurra. Quizá seas muy ambicioso al cavar y agujerees la guarida de un demonio cascarrabias, o inundes todo al intentar construir un pozo; o sea, que puedes ser tú mismo el culpable de la destrucción. Pero también la mala suerte hace de las suyas: enanos vampiro que esconden su identidad, goblins que roban niños, elfos enfadados porque les has vendido madera... (¿a quién se le ocurre venderles madera?, a mí, cómo no).

En el siguiente diagrama se muestra la curva de aprendizaje que tiene Dwarf fortress

Sencillo, ¿a que sí?

Tal vez os estéis preguntando por qué un juego tan complejo es capaz de levantar toda esa pasión entre los aficionados. Se debe a la profundidad, una profundidad que le da a cada fortaleza su propia historia. Si buscáis un poco por la red, leeréis épicas y trágicas historias enaniles basadas en partidas de Dwarf Fortress. También hay varios tutoriales en español. Esto es importante: empezad con un tutorial, si no lo hacéis es posible que la experiencia sea negativa. Yo me atreví a intentarlo por mí mismo, sin leer nada antes, y casi pierdo la poca cordura que aún conservo.

¿He dicho que es gratuito? Probadlo sin miedo siempre y cuando os guste construir y gestionar. Una compañía que se llama Paradox ha intentado sacar un sucedáneo, pero le ha salido el tiro por la culata: A game of Dwarves no da la talla a pesar de sus bonitos gráficos. Personalmente me he llevado una decepción porque esperaba más de Paradox, los del gran Europa Universalis III. Menos mal que el señor Tarn Adams nos ha dado algo que el mercado no puede ofrecer. Nada de crear un macroejército y arrasarlo todo, nada de construir una gigantesca ciudad para destruirla después, aburridos, con ovnis; cuando te pongas al frente de esos enanos desamparados, sabrás lo que es un reto.

En Punta de lanza, buen foro de wargames, un usuario recopiló el excelente tutorial de Haplo en un PDF (gracias, Haplo, nunca me he registrado en ese foro, no te conozco; pero encontré el tutorial de casualidad y me ha resultado inestimable).

Ojalá DF os dé tantos buenos ratos como a mí. 

viernes, 30 de noviembre de 2012

Once upon a time


Acercaos al fuego, chicos y chicas, y escuchad la historia que voy a contaros. Ocurrió en internet hace mucho, mucho tiempo. En esa lejana época ya existían los foros, y yo era aficionado a escribir relatos en ellos para descubrir qué opinaba la gente. Como supondréis, había foros de toda índole; pero uno en concreto captó mi atención. Era de literatura y estaba bien diseñado. Parecía serio, elegante, un lugar de reunión donde los enigmáticos juntaletras podíamos compartir textos. Dirigí el puntero hacia el subforo de relatos y entré sin temor, pensando en entretenerme un rato con lo que hubiese. Aún recuerdo algunos de los sugerentes títulos: El demonio del desván, Hormigas asesinas, La carretera solitaria. Después de un breve vistazo, opté por Pozo de sangre. 

Fue divertido, aunque tuve que perdonar las faltas ortográficas. No me importaron mucho porque, entre otras cosas, el autor sabía hacer bien lo que de verdad es difícil: puntuar. Eso tiene más mérito para mí que conocer el uso de ciertas tildes traicioneras, o recordar la diéresis de «ambigüedad». Sin embargo, los administradores del foro no lo veían de la misma manera: acusaron al autor de ser un diletante y le conminaron a sacarse una carrera de letras —el tipo era matemático—. Se trataba, por supuesto, de un sitio elitista donde las amenazas de expulsión e insultos eran recurrentes. La puerilidad impresa en aquellos comentarios me molestó, así que pensé en cómo podría darles una lección.

Hice clic en «registrarse» y esperé el mensaje que me daba permiso para ser usuario. Tardó varios días, pero llegó y pude presentarme. Escribí la primera profesión que se me vino a la cabeza: «Hola. Soy médico y me gusta escribir». Luego fui directo al subforo de relatos y les dejé un regalo. No pasó ni una hora antes de que empezasen las críticas destructivas. Que si el protagonista era un palo sin emociones. Que si la historia no tenía sentido. Que si los personajes no reaccionaban correctamente al ver lo grotesco... Al final terminaron mofándose de mí porque yo ni me molesté en defenderme. Para qué. En ese momento me sentía como el jefe del equipo A, ya sabéis, el de «Me encanta que los planes salgan bien», porque no creí que mi treta pasaría completamente desapercibida.

El relato no era mío, sino de Julio Cortázar. «Las manos que crecen».

martes, 20 de noviembre de 2012

Sinuhé, el egipcio

Cubierta del libro editado en
los lejanos setenta
Hay quien afirma que Mika Waltari engendró la mejor novela jamás escrita: Sinuhé, el egipcio. Yo no llego a tanto. Cambiaría el principio de la oración por «una de las mejores», que no es poco. Sólo dos libros han conseguido hacerme trasnochar para descubrir cómo sigue la trama; uno de ellos es éste, porque además de tener un dominio absoluto sobre cómo mantener vivo el interés, Waltari abre una puerta a una antigua civilización donde los humanos sufren problemas muy similares a los de hoy: gobernantes ineptos, corrupción, pobreza. La lectura puede ser desalentadora cuando el autor arranca con saña nuestras imperfecciones y nos las arroja al rostro.

«Mientras el hombre sea hombre, mientras existan el deseo de poseer, la pasión, el temor y el odio, mientras haya gente de color diferente, lenguas y pueblos diversos, el rico será rico y el pobre, pobre, y el fuerte dominará al débil y el astuto dominará al fuerte». 

Seguro que Tales de Mileto anda por
ahí detrás, midiendo sombras
Esta obra, que se sostiene en diez largos años de documentación histórica, está narrada en primera persona por Sinuhé, un hábil médico viajero al que incluso los poderosos le piden ayuda. Su esclavo, Kaptah, es un carismático embustero que se ve en la obligación de combatir contra la ingenuidad del amo, aunque éste le doblegue a bastonazos. Aun con la ayuda de Kaptah, la decadente Tebas no es lugar para alguien como Sinuhé, y pronto se ven en la necesidad de irse, de emprender un periplo que los llevará a Creta, Babilonia... Sinuhé incrementa así sus conocimientos, pero en cada uno de esos lugares existen tradiciones peligrosas que le pondrán en apuros.

Lo que tenemos aquí es una novela rauda, precisa y colmada de situaciones diferentes. Abrirla supone perder el contacto con la realidad para visitar el antiguo Egipto, como si fuese un auténtico viaje temporal.

Vana pose hierática; eran otros tiempos
Al jugar con la idea de que los humanos, en el fondo, no cambian, las injusticias tienen una presencia importante, y el peso de la desazón es afanoso si se acumula más de lo soportable. El propio Waltari explica en este párrafo qué se proponía cuando escribió Sinuhé: «Pero cuando escribo sobre el pasado, me estoy refiriendo al presente. Los mismos problemas surgen en todas las épocas en las que hago vivir a mis personajes. Busco los tiempos que tienen más puntos de contacto con nuestra época. Si mi Sinuhé ha tenido tanto éxito, es porque los problemas que allí se plantean son los mismos que tenemos que resolver diariamente. Nunca idealizo a mis personajes, pues son hombres débiles como la mayoría de nosotros. El lector se encuentra reflejado en ellos». Estas palabras son ciertas, y añadiría que el autor —un hombre que rechazó la teología para profundizar en la filosofía—, gozaba de un amplio conocimiento de la humanidad.

Vaticino que, como poco, no os decepcionará; así que no temáis adentraros en sus páginas.

Waltari y su fiel confidente

jueves, 8 de noviembre de 2012

El alimento de los dioses

¡Rápido! ¡Trae el Raid!
He aquí mi novela favorita de Wells, porque muchas de sus escenas difícilmente podrían ser más divertidas. Imaginad la situación: dos científicos descubren un alimento capaz de hacer que los seres vivos crezcan hasta ser verdaderos gigantes. El invento promete, pero sus experimentos son tan descuidados —«la lían parda»— que acaba desparramándose por ahí, y los resultados son terribles: gallinas del tamaño de avestruces, avispas mortíferas, ratones enormes que devoran caballos...

Según George Hay, presidente de la H. G. Wells Society, se trata de una vasta analogía, y tiene razón. Como él dice: el alimento es una metáfora de la revolución de las ideas que resquebrajaban a la sociedad postvictoriana. Varios párrafos son muy explícitos al respecto. Lo fascinante es que la lectura resulta terriblemente actual; tanto que podría haber sido escrita hoy. ¿Seguirá estando fresca dentro de un siglo? ¿Y de cinco? ¿Y, por qué no preguntarlo, de mil?

Mira qué simpático, el gallináceo
Quizá sería más correcto cambiar las cuestiones anteriores por una sola: ¿mejorará la condición humana? Yo pienso que gran parte de ella es inalterable, pero no estaría mal que me equivocase. ¿A quién no le gustaría subirse en la máquina del tiempo para descubrirlo? Al menos podemos reírnos de nosotros mismos con el hilarante retrato que Wells nos ha hecho.

En El alimento de los dioses la ciencia sirve para que tiemblen los cimientos de la sociedad. El autor ya había jugado antes con un concepto similar en La guerra de los mundos, donde una superior tecnología alienígena amenaza con arrasar a toda la civilización; de esa novela se dice que es una crítica al imperialismo británico, algo posible si tenemos en cuenta el pensamiento de Wells... Analogías aparte, hay un claro mensaje: la ciencia avanza, pero nosotros no vamos al mismo ritmo. Eso plantea un montón de posibles futuros distópicos.

El filme... no os lo toméis muy en
serio, los años le han sentado mal
Pienso que la novela tiene un poco de paja, pero he perdonado eso porque se trata de una obra excelente. El desarrollo horada con sutileza la parte más cómica hasta dejar paso a la tragedia, a la lucha ineludible entre razas e ideas diferentes. Una violencia que nace del fatídico alimento creado por ese par de bienintencionados científicos, tan inteligentes y, al mismo tiempo, tan alejados de la realidad. Todas sus cábalas y esperanzas se desplomaron ante el rumbo que tomó su creación.

Este título es apto para cualquier tipo de «comeletras». Dadle una oportunidad independientemente de que seáis seguidores del género o no, seguro que os gustará. Aquí hallaréis al mejor Wells, crítico con su época y comprensivo con el lector. Hay pesimismo, sí, mas la luz de un final decoroso aún no se apaga para la inmadura raza humana.

jueves, 25 de octubre de 2012

Manuscrito encontrado en Zaragoza

Esos dos ahorcados darán mucho
la lata...
El autor de este libro se descerrajó un tiro en la cabeza tras haber pulido, pacientemente, la bala de plata que usaría para tal fin. Eso nos indica que no se trató de un suicidio provocado por algún tipo de paroxismo, sino de un acto premeditado. Lo hizo en su biblioteca, y el motivo fue una enfermedad acrecentada por la melancolía. No es el único escritor que, por una u otra razón, decide cuándo será el momento de su final.

Historias dentro de historias, así es la estructura de Manuscrito encontrado en Zaragoza. Yo aconsejo leerlo rápido, sin hacer pausas prolongadas, porque de lo contrario es posible olvidarse de algún detalle importante. Para que os hagáis una idea, uno de los personajes se queja de ello, parafraseo: «Me hago un lío... estabas contándome tu vida y ahora me cuentas la del hombre que te encontraste, y éste a su vez narra la del hijo...».

En la España mágica, más te vale no
llevar una existencia pecaminosa
Cada historia tiene su personalidad: unas se acercan más al romanticismo, otras al misterio... El hilo central es el de Alfonso Van Worden, un oficial de la guardia valona que atraviesa Sierra Morena en dirección a Madrid. El comienzo de su viaje me recuerda a un relato de Solomon Kane, Cráneos en las estrellas, porque Alfonso también tiene que escoger entre dos caminos; uno de ellos, el más corto, está en manos de los demonios; mas ha de tomarse porque es lo que dicta el honor. Ambos podrían haber escogido la ruta sencilla, pero prefieren enfrentarse a la iniquidad de las oscuras criaturas que moran en los lugares más inesperados. ¿Que hay demonios? Pues que se aparten. 

Si buscamos un tema recurrente, de forma directa e indirecta, encontraremos al honor, cualidad que por desgracia está bastante olvidada en estos días. Para algunos personajes no existe mayor desgracia que ver socavado su honor.

En YouTube podéis ver el filme.
Actualización: ya no, lo han retirado...
No os voy a engañar: la atmósfera de misterio, de miedo, se diluye un poco cuando se avanza en las tramas, dando paso a las fantasías de los cabalistas, a los duelos, a las injusticias. Pero nunca se pierde la sensación de que puede ocurrir algo fuera de lo común en cualquier instante, porque las leyendas caminan junto a los protagonistas.

La traducción de Mauro Armiño —Valdemar— me ha parecido excelente. Lo único que me molestó fue no ver la coma final tras varios «es decir»; un detalle nimio que solo fastidiará a los lectores tiquismiquis como yo. Dicho eso, vuelvo a elogiar la traducción. Pocas veces he podido disfrutar tanto de la lectura sin encontrar percances que me saquen de ella.

No opinaré sobre la película porque no la he visto. Quizá más adelante le dedique una entrada.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Cuatro películas de terror... ¡divertidas!

Una historia china de fantasmas

 

Un romance entre un mortal y el
fantasma de una doncella
Aún hoy lo recuerdo con claridad. Hace muchos años, en una noche cualquiera, intentaba dormir sin éxito, así que encendí el televisor en busca de algo que me entretuviese un rato. No había muchas posibilidades porque eran altas horas de la madrugada. Fui de canal en canal —«Basura, basura, basura...»—, hasta que algo en Calle 13 captó mi atención: un feroz taoísta barbudo sesgando por la mitad a una doncella espectral. El tipo, con su espada sagrada y sus poderes conferidos por el bien, era un cazafantasmas ancestral. ¿Quién no se hubiese interesado por él? El actor que lo interpretaba parecía un asceta huraño, y debido a ello me cayó simpático rápidamente. Lo acompañaba un joven recaudador de impuestos que se resistía a creer que su amor era en realidad una mujer muerta; este muchacho, el protagonista, logró encandilar al espectro gracias a su bondad, la cual chocará con la visión oscura que tiene el taoísta de los hombres. Una historia china de fantasmas es una película de culto que, aunque tiene sus momentos cutres, cuenta con algunos instantes dignos de ser archivados en vuestra memoria.

¡Haz clic en el «lenguaraz» fantasma hermafrodita para
ver el tráiler!

 

House

 

La imagen deja claro de qué va el film:
terror por allí; comedia por allá
Los que hayan visto aquella serie clásica titulada El gran héroe americano, seguro que reconocerán enseguida al protagonista de House, porque no es otro que Willian Katt —sí, amigos, también ha hecho películas—. No es el único actor conocido, también podemos encontrar en el reparto al entrañable George Wendt; el nombre quizá no os suene, pero si digo que era Norm Peterson en Cheers, lo más probable es que os acordéis de él. ¿Y qué hacen estos dos monstruos de la televisión en un filme?, bordar sus papeles, ni más ni menos. El primero, interpreta a un escritor que ha perdido a su hijo, y ahora busca un poco de soledad para comenzar una novela donde rememora sus días como soldado en la guerra de Vietnam; el segundo, es el clásico vecino entrometido que, al ser fan del escritor, no dejará de espiarle y molestarle. La casa que el escritor escoge para su retiro está encantada: en ella se suicidó su tía, y después de muerta aún continúa haciéndolo de vez en cuando... También es la misma vivienda en la que su hijo desapareció misteriosamente.

¡Haz clic en la hermosa damisela para ver el tráiler!

The Return of the Living Dead

 

Menudo aroma a los ochenta que suelta
este cartel, ¿verdad?

No podía faltar una de zombis. Me ha costado decidirme entre ésta y Braindead, que también os recomiendo porque es, a su manera, una obra maestra del género; quizá en el futuro escriba una entrada extensa sobre ese filme, pues se lo merece. Otra con la que me lo pasé estupendamente es Zombies Party, pero opté por The return of the Living Dead porque creo que es menos conocida. En ella la parte cómica supera a la terrorífica. Por el título es fácil deducir que es una parodia de la conocidísima obra de Romero, pero tienen pocas cosas en común: aquí los zombis son mucho más difíciles de destruir, y son inteligentes hasta cierto punto. La película, aunque no ofrece nada nuevo, cuenta con un buen repertorio de situaciones hilarantes. Todo se resume en un grupo de humanos bloqueando los accesos de un almacén para que la horda zombi no devore sus cerebros. No esperéis un gran guión, o actuaciones notables, vuestra meta al verla sólo debería ser pasar un buen rato. El final... no lo desvelaré, sin embargo, he de deciros que puede ser decepcionante: tal vez iban cortos de tiempo, quién sabe.

Si quieres que nuestro amigo el zombi pueda merendar,
¡haz clic en la imagen y contempla el tráiler!

  

Leprechaun

 

¡Quiero mi oro!
«Salto, salto en los pulmones», cantaba el duendecillo montado en un pogo. El humor negro está presente en cada una de las escenas donde el Leprechaun, que quiere recuperar su oro robado, asesina a los débiles y codiciosos humanos. Parece divertido, ¿no?, el problema es que la crítica suele valorar mal este título; se lo toman demasiado en serio. Aquí la intención es que el espectador sonría con las maldades del duende y las consecuentes peripecias; verlo moverse a cámara rápida montado en un triciclo, no tiene precio. Uno de los objetivos de la iniquidad extrema del duende será una joven Jennifer Aniston, que con este filme, el segundo de su carrera, empieza a abrirse paso en el mundillo. Leprechaun es una de esas películas recomendables para ver una vez y divertirse. Tiene varias continuaciones que también recomiendo si os ha gustado la primera, aunque la calidad varía entre una y otra, por supuesto. Hay una que hasta se desarrolla en el espacio; la cuarta, si no recuerdo mal.

Una advertencia: es mejor verlas sólo si se tiene a mano un trébol de cuatro hojas...

El pobre duendecillo necesita rehabilitarse, ¡haz clic en
él y ayúdale viendo el tráiler!

miércoles, 3 de octubre de 2012

Cumbres borrascosas


Suele ser común, entre los que desconocen la obra, confundir Cumbres borrascosas con la típica novela romántica; pero eso es un error, porque en ella podemos encontrar escenas como ésta:

«Esta vez recordaba que estaba acostado en aquella cama de roble y oía claramente las ráfagas de nieve y ventisca. También oía el ruido molesto y persistente de la rama del abeto, y creía que era eso lo que sonaba. Pero me exasperaba de tal manera que decidí hacerlo cesar, si encontraba el procedimiento. Imaginé que me levantaba y que intentaba abrir la ventana. La manilla estaba soldada a la armella, particularidad que advertí despierto, pero que había olvidado. "Sin embargo, tengo que hacer que cese", me dije. Rompí el cristal con el puño y saqué el brazo fuera para asir la rama importuna. Mis dedos se cerraron en los dedos de una manita fría como el hielo. El intenso horror de la pesadilla se apoderó de mí. Traté de retirar el brazo, pero la manita se agarraba, y sollozó una voz infinitamente melancólica: "¡Déjame entrar, déjame entrar!". "¿Quién eres?", pregunté luchando entre tanto por desprenderme. "Catalina Linton", respondió temblando la voz, "he vuelto a casa; andaba perdida por el páramo". Aún hablaba la voz cuando distinguí vagamente un rostro de niña que miraba por la ventana. El terror me hizo cruel. Viendo que era inútil intentar soltarme, atraje el puño de ella hacia el cristal roto, y lo restregué allí hasta que la sangre brotó y empapó las sábanas de la cama. La voz continuaba gimiendo: "¡Déjame entrar!". La mano mantenía su tenaz apretón, lo que me hacía enloquecer de miedo. "¿Cómo podré hacerlo?", dije por fin, "suéltame si quieres que te deje entrar". Los dedos se aflojaron. Yo retiré la mano al punto por el agujero, y amontoné contra el mismo los libros formando una pirámide. Me tapé los oídos para no oír la quejumbrosa súplica, y me pareció quedarme así durante un cuarto de hora. Pero en cuanto me puse a escuchar de nuevo volví a oír el doloroso gemir, que continuaba."¡Vete!", grité, "no te dejaré entrar, aunque te pases pidiéndomelo veinte años!". "Veinte años son!", gimió la voz, "veinte años; hace veinte años que ando errante". Después oí arañar por fuera débilmente, y el montón de libros osciló cual si lo hubiesen empujado hacia delante. Traté de levantarme, pero no pude mover un solo miembro, y, en el paroxismo de terror, empecé a lanzar alaridos».

Como podéis ver, ésta es una de esas
novelas cuya cubierta puede llevar a
engaño. Comparadla con la anterior
y la siguiente

He escogido esa escena porque me ha parecido un buen preludio para el mes de octubre, en el que me dedicaré al «terror» —lo pongo entre comillas porque no todo será puramente de terror—, un género al que le tengo mucho aprecio a pesar de que ya casi no lo escribo. Cumbres borrascosas no es, desde luego, una novela de terror; aun así, estoy seguro de que la escena os ha gustado, y quizá ahora sintáis curiosidad por leer este clásico de la literatura inglesa si no lo habéis hecho ya.

Emily Brontë fue capaz de construir una estructura novedosa en su época: historias dentro de historias, personajes que van pasándose el relevo de la trama. Pero eso sólo consiguió confundir a los críticos, que infravaloraron la obra. Tuvo que pasar un tiempo hasta que fue reconocida.

La primera voz narradora es la de Lockwood, un hombre que va por primera vez a la finca llamada Cumbres borrascosas. El motivo de la visita es conocer al casero que le ha alquilado una villa, el señor Heathcliff. Hasta aquí todo parece normal, pero Lockwood se encuentra con un recibimiento extremadamente hosco en medio de una atmósfera sombría. Esto sorprende al visitante, perplejo por no entender el porqué de tal comportamiento. Qué es lo que le ha sucedido a esa familia, será lo que el lector vaya descubriendo cuando una sirvienta que vive en la villa alquilada, relate su historia a Lockwood.

El resto es mejor que lo averigüéis vosotros. 


martes, 25 de septiembre de 2012

Dos años de «La vieja calle del panadero»


Me hubiese gustado publicar esta entrada en el mes anterior, cuando el blog cumplió dos años; pero no pudo ser. Sin embargo, más vale tarde que nunca.

Aún no sé cuándo llegará el final de este blog, pero de momento, si no se tuercen las cosas, le queda vida suficiente para unas cuantas entradas más. Que el ritmo haya decaído un poco no debería preocuparle a nadie. De todas formas, el día que decida irme me despediré con una entrada, no dejaré esto abandonado como un pueblo fantasma.

Tengo pensado escribir más artículos de opinión —por ejemplo, sobre las creencias, porque aunque dije alguna vez que soy agnóstico, a secas, eso más bien es como no decir nada—, y en octubre, el mes de Halloween, recomendaré películas de terror.

Un saludo a todos los que me leen.

martes, 18 de septiembre de 2012

Deus Ex

Resumir en pocas palabras la grandiosidad
de este juego, es imposible
Aún recuerdo el artículo de la revista que me dio a conocer este juego. Lo leí hace una década —más o menos—, y en él se decía que Deus Ex era detallista, muy detallista; pero, a pesar de ello, no perdonaron sus gráficos mediocres. Eso se vio reflejado en la puntuación final..., unos pobres setenta puntos sobre cien. Aunque era una novedad de la PlayStation 2, no ocupaba una de las primeras páginas; estaba hacia el final, donde se hablaba de juegos que no solían interesarle a la mayoría. Yo no tenía internet en aquella época, ni siquiera sabía que se trataba de un juego que se estrenó primero en PC; así que el artículo fue mi única fuente de información. Por suerte no le hice caso, y cuando vi un ejemplar en la tienda no pude resistir la tentación de adquirirlo. Fue una decisión acertada: hoy es fácil ver a Deus Ex entre las listas de los mejores juegos de la historia.

Si, por ejemplo, entramos en un aseo, el
espejo mostrará nuestra imagen, los grifos
podrán expulsar agua, el retrete hará su
ruido característico... 

En un par de ocasiones me preguntaron por qué se le da tanta importancia a un título antediluviano como éste. Soy consciente de que su apariencia es pobre, pero basta darle una oportunidad para darse cuenta de que va más allá de lo que suele ofrecer el mercado.

Deus Ex está vestido con estética cyberpunk, y la trama transcurre en un futuro distópico donde la enfermedad y las drogas erosionan a la población. El jugador es uno de los agentes del grupo antiterrorista «UNATCO» —coalición antiterrorista de las naciones unidas—. Para poder luchar eficazmente contra los insurrectos, la corporación ha aumentado las habilidades del agente con nanotecnología; por lo tanto, tendremos la posibilidad de ir consiguiendo diferentes  habilidades sobrehumanas. La primera que la agencia nos enseña a usar es de las más útiles: visión aumentada para los lugares oscuros, es decir, nuestros ojos se convierten en dos linternas.

Éstas son las habilidades sobrehumanas,
las cuales se usan con los botones «F»
Dichas habilidades se mejoran a gusto del jugador a medida que se encuentran los objetos necesarios; además de ellas también hay aptitudes que mejoran con experiencia: medicina, electrónica, natación, informática, armas... Cada una tiene cuatro niveles: inexperto, capacitado, avanzado y experto. Es necesario subirlas de nivel con cuidado, porque no habrá suficientes puntos. Si andamos escasos de dinero, un nivel en informática para hackear cajeros automáticos no viene mal; pero quizá nos hubiese venido mejor un poco de electrónica para desconectar sistemas de seguridad. Todo depende de cómo sea tu estilo de juego. A mí me gusta buscar posiciones elevadas y disparar con un rifle de francotirador, por eso siempre gasto puntos en aumentar la aptitud correspondiente. Como habréis deducido, las misiones pueden lograrse de distintas maneras: esquivando a los enemigos y eliminando sólo a los imprescindibles; acuchillando por detrás a todo ser vivo...

Los robots de seguridad son el enemigo más temible,
a menos, claro, que se tenga un lanzamisiles a mano
El número de diálogos es enorme, y están traducidos al castellano con corrección —veréis alguna que otra falta; nada serio—. Incluso cuando estéis solos habrá que leer texto, porque un implante en la cabeza os permitirá recibir mensajes de UNATCO mientras pensáis si es necesario volarle la cabeza al terrorista de turno.

Durante las misiones es fácil toparse con humanos entecos afectados por «la muerte gris», o el hambre; no conviene subestimarlos, porque nunca se sabe quién puede poseer información relevante. Suele ocurrir, al entablar conversaciones con ellos, que se nos ofrezcan diferentes frases para escoger una respuesta, como en una aventura gráfica. Por supuesto, se trata de algo opcional, ya que hay libertad para obrar como uno quiera.

El inventario no es muy grande, y es fácil
acumular objetos inservibles
Como la munición escasea, es necesario ahorrar cada disparo, principalmente los del armamento pesado. Por si fuese poco, esos malditos terroristas aguantan lo suyo: un disparo de escopeta a bocajarro no es suficiente. Tal vez la debilidad de las armas sea el único aspecto conflictivo del juego. Menos mal que un disparo preciso en la cabeza significa la muerte en la mayoría de los casos. Yo uso la miniballesta de dardos tranquilizantes en las distancias cortas, la parte negativa es que los enemigos tardan varios segundos en quedarse inconscientes; la positiva, que sólo ocupa una casilla en el inventario. Hay que tener en cuenta el espacio que ocupa cada arma, porque ciertas municiones son más difíciles de hallar que otras.

La música cumple con su función de ambientar, y el tema principal es de esos que se recuerdan durante bastante tiempo.

Aquel artículo del que hablaba al principio le dio unos setenta puntos... yo le habría dado más de noventa y cinco. Deus Ex todavía es un juego perfectamente jugable y rejugable. Si nunca lo habéis probado, no sé a qué estáis esperando.

domingo, 9 de septiembre de 2012

El prisionero de Zenda

El ilustre prisionero espera su destino
Aventura, honor, lucha, intriga, romance, heroísmo, maldad, celos... El prisionero de Zenda, como cualquier novela de capa y espada que se precie, contiene en sus páginas todo lo anterior.

Rudolf Rassendyll es un noble adinerado que, aburrido de su vida en Inglaterra, decide tomarse unas vacaciones en Ruritania. Allí descubrirá que su físico es extremadamente parecido al del rey —podrían pasar por gemelos—, y se meterá de lleno en un brete debido a ello: cuando el monarca es secuestrado por su propio hermano, Michael el Negro, Rudolf tiene que sustituirlo si no quiere que el reino se venga abajo. La situación es grave, pero no termina ahí, porque no basta con actuar, también hay que escoger el momento más propicio para un complejo rescate. La perfidia del hermano sólo puede terminar con la muerte de uno de ellos... o de ambos.

Este título es uno de esos clásicos
cuya lectura siempre es fresca y
recomendable
Las escenas son notables, y quedarán fijas en la memoria del lector durante un tiempo. Anthony Hope, consciente de ello, hará un breve recordatorio de las mismas antes de llegar al final; incluso comentará algo sobre la «casualidad» que le sirve a Rudolf para escapar de un aprieto peligroso. Todo sea para enlazar las emocionantes luchas, incursiones e intrigas con la mayor rapidez posible. Las escasas doscientas páginas vibran con el estruendo de los disparos y el entrechocar de las espadas.

Entre villanos carismáticos y damas en apuros, Rudolf, paradigma de cómo debe ser un gentil caballero inglés, deberá hacer frente al peor de los enemigos: la tentación de quedarse con el reino y casarse con la princesa. ¿Quién no caería en ella? Se trata de una lucha interna que dota al protagonista de humanidad, algo que ciertos héroes clásicos, encajados por completo en el bando del bien, no poseen. ¿Conseguirá Rudolf dejar a un lado esa tentación y salvar al rey?

El cine ha hecho numerosas versiones
Es posible que el inicio resulte un poco brusco debido a que empieza directamente con un diálogo; pero la trama es tan sencilla que es difícil perderse. Opino que El prisionero de Zenda es una lectura apta para jóvenes y adultos. Enseña que el honor está por encima de la vileza, que los problemas deben afrontarse sin temor y que aun en el fracaso existe la dignidad. Lecciones fáciles de olvidar, por desgracia. 

A veces es reconfortante visitar una vez más las novelas clásicas de aventuras. Hay en la nota previa de mi edición, escrita por Luis Alberto de Cuenca, una parte interesante que dejaré aquí: «Henry James se quejaba del escaso realismo de las novelas de Stevenson: "Yo he sido también niño y nunca se me pasó por la cabeza ir a buscar un tesoro escondido". A lo que Stevenson respondió: "Si usted nunca ha buscado un tesoro escondido es que nunca ha sido un niño"».

Y es que Stevenson —Tusitala, para los amigos—, al igual que Hope, conocía el verdadero significado de la palabra «aventura».

viernes, 31 de agosto de 2012

La peste

Las ratas muertas serán el primer
indicio de la enfermedad
Camus, en La peste, hace un retrato del comportamiento humano enfrentándose a una grave epidemia. El autor nos lleva hasta Orán, ciudad calurosa situada en el noroeste de Argelia. Allí la peste baraja las cartas mientras se mofa de las medidas vanas que usan para combatirla. Como las salidas de la ciudad se bloquean, los habitantes sufren un duro aislamiento. Unos quieren evadirse a cualquier precio; otros se resignan; algunos luchan, como Rieux, el tenaz médico que se enfrenta día a día al enemigo invisible.

El escenario es el mismo de siempre, el mismo en el que las gentes paseaban y sonreían cuando la enfermedad no les visitaba; pero un cúmulo de señales dicen que algo no va bien: casas vacías, calles solitarias, silencio... En los cines se repiten las películas, y un calor húmedo y sofocante intensifica la pesadumbre.

En el siglo XVII, los médicos
usaban esas máscaras, junto con
el  traje, para eludir a la peste.
Vestimentas desagradables que
les protegían de algo aún peor
A veces esa extraña quietud es interrumpida por los tropiezos de los borrachos, ingenuos que buscan salvarse con la embriaguez.

«Bajo las noches de luna, alineaba sus muros blancos y sus calles rectilíneas, nunca señaladas por la mancha negra de un árbol, nunca turbadas por las pisadas de un transeúnte ni por el grito de un perro. La gran ciudad silenciosa no era entonces más que un conjunto de cubos macizos e inertes, entre los cuales las efigies taciturnas de los bienhechores olvidados o de los antiguos grandes hombres, ahogados para siempre en el bronce, intentaban únicamente, con sus falsos rostros de piedra o de hierro, invocar una imagen desvaída de lo que había sido el hombre. Esos ídolos mediocres imperaban bajo un cielo pesado, en las encrucijadas sin vida, bestias insensibles que representaban a maravilla el reino inmóvil en el que habíamos entrado o por lo menos su orden último, el orden de una necrópolis donde la peste, la piedra y la noche hubieran hecho callar, por fin, toda voz».

Se publicó en 1947
El fragmento que he copiado del libro es un pequeño ejemplo de cómo narra Camus. No se trata, desde luego, de una novela rápida para consumir en un par de días, sino de una obra que incita a reflexionar sobre la angustiosa situación vivida por los habitantes de Orán, y su impotencia ante el elevado número de muertes. De repente conceptos como creencias divinas o ideologías carecen de sentido: importa sobrevivir, reunirse con los seres queridos que se han quedado fuera de los altos muros. No hay control sobre lo que ocurre, sólo queda esperar.

Salvando las distancias, la novela me recuerda un poco a El señor de las moscas, de Willian Golding. En ella, como en La peste, aunque en una fase más primaria, se habla de lo que queda cuando la existencia es oprimida por una amenaza mortal: la condición humana al desnudo, sin influencias artificiales. 

jueves, 16 de agosto de 2012

Cañas y barro

Este título no debería faltar en vuestras
colecciones
Clásico hispánico de estilo naturalista escrito en 1902. El año no debería echar para atrás a nadie, porque, aunque no lo parezca, tiene un ritmo rápido. Suelen comparar a este autor con otros de la talla de Clarín, pero eso quizá no sea muy acertado: Blasco Ibáñez escribía de una manera impetuosa, reflejo de su personalidad enérgica, y puede advertirse en sus textos. Como le gustaba Wagner, yo lo imagino moviendo la pluma a toda velocidad mientras suena de fondo el preludio de «Los maestros cantores».

La novela narra la vida de una familia de pescadores, los Paloma, que se enfrenta a la pobreza y la muerte al tiempo que intenta mantener su honra a flote. Es un argumento sencillo en el que se mueven personajes con una identidad básica —el borracho, el perezoso...—; aun así, Blasco Ibáñez sabe darle un baño de emoción a sus letras.

Edición del año orwelliano, 1984
En Cañas y barro no abundan los diálogos, sino las descripciones; éstas hacen avanzar la trama raudamente, sin anquilosarse. Sólo se enlentecen cuando es necesario preparar una buena ambientación para las siguientes escenas. Después retoman la velocidad anterior. Hay un aspecto negativo en esto: a veces se corta de raíz algo importante antes de que termine, y llegar a su resolución implica leer una de esas partes más lentas. Aunque se trata de un recurso clásico, pienso que no se ha empleado de una manera acertada, porque se le da al lector la tentación de leer por encima lo que hay entremedias. Si se retrasa un desenlace con el objetivo de mantener el interés, lo que venga a continuación debería colmar la curiosidad. Esa nadería es casi lo único negativo que puedo decir de Cañas y barro, pues su embriagadora simplicidad, lejos de ser una tara, supone un descanso entre lecturas más densas.

Podéis ver la serie basada en la novela
 aquí si os agrada el tema
También he notado la presencia de algunos laísmos. Que sean un fastidio o no, depende del lector. No me han molestado, pero he visto que a otros sí. De manera que he preferido comentarlos aun opinando que son irrelevantes, una curiosidad a la que no se le tendría que dar mucha atención.

Cañas y barro habla sobre el carácter tenaz que pugna por romper los barrotes del destino, porque las aguas de la albufera son, al mismo tiempo, un hogar y una cárcel. Padre pescador; hijo pescador. ¿Existe otra vida más allá de las viscosas anguilas? ¿Más allá de las sanguijuelas y los sapos que recorren los arrozales? Varios personajes emprenderán el camino que, a su juicio, les ofrecerá la posibilidad de huir hacia una existencia cómoda y digna. ¿Lo lograrán?

jueves, 9 de agosto de 2012

Más que humano

El poder de la mente une a un
abigarrado grupo que busca ser
una criatura única: todos somos uno
No deja de ser curioso cómo a veces el azar encadena las cosas. Hace unos días traje al blog un diálogo entre el capitán de la Enterprise y un científico —donde Picard toma el papel de filósofo—; después hablé de Atlántida, novela de Negrete que, además de tener un personaje aficionado a Star Trek, juega un poco con la idea de la telepatía, igual que Sturgeon en Más que humano. Las coincidencias no acaban ahí, porque este autor ha escrito guiones para Viaje a las estrellas...

¿Quién o qué es «Más que humano? Pues un humano con poderes mentales, como los que tienen los protagonistas de la novela. La historia comienza con *Lone, un tipo retraído que deambula por los bosques y consigue lo que quiere de la gente, la cual lo tacha de idiota. Lone descubrirá que posee algo que lo hace excepcional y, sin embargo, necesitará a otros para estar completo: una niña llamada Janie con el don de la telequinesis; dos pequeñas mellizas negras capaces de teletransportarse; y un bebe mongoloide que es el gran cerebro al que todos consultan.

*Solitario, en inglés. 

Una cubierta bastante perturbadora,
me recuerda al estilo de Giger
Se trata de un grupo de inadaptados que, tras descubrir sus habilidades, prefieren continuar viviendo al margen de la sociedad como un ente único. Son el siguiente paso en la evolución del ser humano.

La novela se divide en tres largas partes: El idiota fabuloso, El bebé tiene tres años y Moral. Debe leerse teniendo en cuenta el año en la que se escribió, 1953, pues alberga varias críticas dirigidas a la sociedad de la época; aunque lo cierto es que hoy aún son válidas, porque cualquier excusa sirve para trazar rayas imaginarias que separen y marginen: «Realmente, según parece, la gente se ha dividido en dos bandos. Uno de ellos lucha por acercarse a los negros, el otro por mantenerlos aparte. Pero lo que no entiendo es por qué ambos bandos se preocupan tanto. ¿Por qué no se olvidan del asunto y ya está?». 

Theodore Sturgeon fue el guionista de, en mi
opinión, uno de los episodios más imaginativos
de Star Trek: Shore Leave

Las descripciones no me han parecido tan extensas como han dicho por ahí, tal vez el «problema» reside en que impera la reflexión; es decir, este libro ha de leerse sabiendo que se trata de una historia sosegada: los personajes pasan un tiempo aislados, y la parte de El bebé tiene tres años es un diálogo introspectivo en la consulta de un psiquiatra.

Tenía un poco abandonado el género de la ciencia ficción, y ahora que estoy profundizando en él me arrepiento de no haberle dedicado más horas. Más que humano ha contribuido a animarme para que descubra más libros de éste y otros autores similares. Una advertencia final: si nunca habéis leído nada de ciencia ficción, no aconsejo empezar por este libro, que es muy bueno, pero hay mejores opciones.